Viernes, 30 Agosto 2013 22:23

¿Y vivieron felices para siempre?.... Destacado

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Todos hemos crecido de la mano de los cuentos de hadas, algunos tuvieron la fortuna de que sus padres les contaran un cuento antes de dormir. Otros, más que por la lectura, conocemos los cuentos de hadas gracias a la gran fábrica que se encargó de monopolizar y estandarizar los finales felices: la empresa Walt Disney.

 

Aunque es cierto que la mayoría de nosotros pensamos que el cuento de La sirenita termina con el “felices para siempre”, para desgracia y desilusión de muchos de nosotros el cuento no termina así.

 

Hans Christian Andersen, el autor del cuento La sirenita, nos cuenta una historia muy diferente de la versión Disney.  La protagonista no tiene un final feliz, pues el príncipe se ha casado con otra, por lo que la maldición sólo se romperá si mata al príncipe. Así que sus hermanas van con la bruja y a cambio de sus cabellos, les da un puñal mágico, la sirenita debe matar al príncipe antes del amanecer, si no lo hace desaparecerá. La sirenita entra al cuarto del príncipe y al verlo dormido junto a su esposa, se arrepiente y se arroja al mar, pero no muere, pues es salvada por las hijas del aire, convirtiéndose en una de ellas.

 

Como pueden ver los finales felices sólo existen en las películas, y claro también en la televisión. La gran fábrica de sueños, como se hace llamar la empresa Televisa, ha explotado hasta el cansancio la historia de la cenicienta, si no me creen, sólo recuerden las multipremiadas y famosas telenovelas de Thalía y vistas alrededor del mundo, la llamada “trilogía de las Marías”.

 

Dentro de las múltiples versiones que han existido del cuento de La cenicienta, el que más conocemos en Latinoamérica, gracias a la película de Disney, es la versión del autor francés Charles Perrault. Es imposible no haber escuchado alguna vez esa historia, de ésa pequeña niña huérfana, que tenía dos hermanastras feas y narizonas, y que junto con su madrastra se encargaban de hacerle la vida miserable. Hasta que un día después de haber perdido una zapatilla en un baile, la encuentra su príncipe azul, se casan y viven felices para siempre.

 

Y quizás puedes decirme que ya no hay nada que decir de La cenicienta, y que todo esta dicho. Pero te tengo una noticia, el cuento aún no ha acabado. Es probable que el mexicano jamás haya escuchado sobre un autor británico llamado Roald Dahl, pero lo que es muy probable es que haya visto alguna de sus películas en la televisión por ejemplo: Matilda, una niña con poderes extraordinarios, con una familia muy parecida a la de Homero Simpson. O quizás vio alguna película que hablaba sobre la vida de un niño huérfano que viaja con su abuela a un hotel en Noruega, y es ahí dónde conocen a una mujer elegante y distinguida, pero que en el fondo es la Gran Bruja disfrazada, pues en el mismo hotel se lleva a cabo la convención anual de brujas de toda Inglaterra. El niño es convertido en ratón, nada más y nada menos que por Angélica Huston quien dio vida en esta cinta a la Gran Bruja.

 

Pues bien ya sea que el mexicano haya visto cualquiera de estas películas, Las brujas y Matilda, ambas están basadas en libros del escritor Roald Dahl, el mismo que escribió un magnifico libro llamado: Cuentos en verso para niños perversos.

En este libro se encuentran alojadas distintas versiones de los clásicos cuentos de hadas, donde puedes encontrar a una caperucita roja que le gusta coleccionar pieles de lobos, a un lobo feroz que pretende hacer estallar las chozas de los tres cerditos con dinamita, o a una blanca nieves que es jefa de una banda de enanos apostadores.

 

Pero sin duda alguna el cuento más preocupante, por la intensa exposición durante años al momento en que el príncipe azul se casa con la joven pobre y desvalida, es La cenicienta.

Pues en este cuento de Roald Dahl, el príncipe no es un techado de virtudes. Aunque es muy atractivo, como todos los galanes, es un ser perverso y un poco despistado. Después de que la malvada madrastra le prohíbe a Cenicienta ir al baile, aparece su hada madrina y le exige, zapatos, un vestido y hasta un coche. Baila rock con el príncipe pero al llegar las doce de la noche,  ella se marcha y deja su zapatilla. Pero, dejaré que sea el propio autor el que nos cuente un poco más de esta historia.

 

(…) “La dueña del pie que entre en el zapato será mi dulce esposa, o yo me mato!".

Después, como era un poco despistado, dejó en una bandeja el chanclo amado.

Una Hermanastra dijo:

"¡Ésta es la mía!",

y, en vista de que nadie la veía, pescó el zapato, lo tiró al retrete y lo escamoteó en un periquete. En su lugar, disimuladamente, dejó su zapatilla maloliente”.

( Dahl, 2008,p. 16)

 

La hermanastra dejó su zapato, y como era de esperarse ninguna mujer del reino tenía un pie tan grande, así que al llegar a casa de Cenicienta, la hermanastra se probó la zapatilla.

 

“(…) El Príncipe dio un grito, horrorizado, pero ella gritó más:

"¡Ha entrado! ¡Ha entrado!

¡Seré tu dulce esposa!".

"¡Un cuerno frito!".

"¡Has dado tu palabra. Principito, precioso mío!".

"¿Sí? -rugió su Alteza. ¡Ordeno que le corten la cabeza!".

Se la cortaron de un único tajo y el Príncipe se dijo:

"Buen trabajo. Así no está tan fea". De inmediato gritó la otra Hermanastra:

"¡Mi zapato! ¡Dejad que me lo pruebe!".

"¡Prueba esto!", bramó su Alteza Real con muy mal gesto y, echando mano de su real espada, la descocó de una estocada; cayó la cabezota en la moqueta, dio un par de botes y se quedó quieta...(…)”( Dahl, 2008, p. 16)

 

Cenicienta que alcanzó a ver esto y pidió auxilio a su hada madrina, pues no quería terminar degollada como sus feas hermanastras, le pidió algo más difícil de conseguir que un príncipe azul.

 

 

"¡Hada Madrina, -suplicó la ahijada-, no quiero ya ni príncipes ni nada que pueda parecérseles! Ya he sido Princesa por un día. Ahora te pido quizá algo más difícil e infrecuente: un compañero honrado y buena gente. ¿Podrás encontrar uno para mí,

Madrina amada? Yo lo quiero así...".

Y en menos tiempo del que aquí se cuenta se descubrió de pronto Cenicienta a salvo de su Príncipe y casada con un señor que hacía mermelada. Y, como fueron ambos muy felices, nos dieron con el tarro en las narices.” (Dahl, 2008, p. 16)

 

Un compañero, honrado y buena gente, y podemos deducir que de condición humilde, pues su esposo se dedicaba a hacer mermeladas. Este cuento no se parece en nada al cuento tradicional, y es eso mismo lo que lo hace divertido y fresco.

¿Será qué en el mexicano necesita leer este tipo de historias?, quizás así muchas mujeres dejaríamos de pensar en el ideal del príncipe azul, guapo y multimillonario, algo estilo Cristian Grey, ¿quizás?, pero esto no es la realidad, existen hombres atractivos, multimillonarios, sí eso es cierto. Pero, ¿cuántos de ellos se irán a casar con una mujer de la clase trabajadora? Una posibilidad entre millones, esa es la realidad, esperar y suspirar con galanes de telenovela jamás nos llevará a alcanzar nuestros sueños.

Trabajar sí, y no dejar de soñar, pero también buscar como la cenicienta de Roald Dahl, a un hombre extraordinario, y difícil de encontrar, un hombre trabajador, sincero, honesto, aunque se dedique a vender mermelada, para vivir ahora sí, felices para siempre.

 

 

Fuentes:

Dahl, Roald. (2008) Cuentos en verso para niños perversos. México. Alfaguara Infantil.

Andersen Hans, Christian. (2003) El patito Feo y otros cuentos. México. Editorial Tomo.

 

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